Cuatro poemas de "Aguas", de Alicia Genovese




Los nadadores de aguas abiertas
hablan del agua, incansables;
la diferencian, la asocian
como si persiguieran
un rastro infinito.
El agua que describen
no es solo agua,
entre el pedregullo y las arenas
se carga de sólidos
entre las corrientes
toma la fuerza
de un animal prehistórico.
Más densa, más liviana,
amarga, abrazadoramente cálida.
El agua en la que se sumergen
nunca es la misma,
pero no repiten,
encarnan precarizada
la frase de Heráclito.
Los nadadores testean
cuando respiran tensos
al filo de la hipotermia,
cuando el barro del fondo
enturbia las antiparras,
cuando se dejan ir también,
en un placer amniótico.
Más tersas, más ásperas,
más dulces;
cuando la brazada avanza
descubren. Levantan
esa planicie inestable
buscan cómo sostenerse
o remontar,
igual que en el gran océano
del vivir,
qué objeto servirá
para fijar el rumbo
o qué es el equilibrio
sin apoyo.
En el aliento
la obsesión por el agua.
Los nadadores alzan
oscuras masas de soledad;
emergen entre enormes
intocadas masas líquidas,
siempre al borde
de ser tragados,
siempre en el límite
de lo incompatible.
En una deriva
picada por vientos
entre algas y desechos
de los tiempos modernos
nadar el mar
como se nada lo real.
Abro la puerta de mi casa,
soy la nadadora
que con los brazos vuelve
a un rudimentario atavismo.
Espíritu del agua,
abrime el paso,
mundo de la carne
y de los intercambios humanos
voluptuoso y denso,
cuál es el resquicio:
agua reticente atravieso
agua herida, agua
del primer sí.



María Inés Mato nadó las aguas
más frías del planeta;
cruzó el Beagle, el canal de la Mancha,
un estrecho impensable del mar Báltico.
Sin trofeos, ni estadios
sus travesías parecieron inventadas.
Bordeó el glaciar en paralelo,
en círculo la isla de Manhattan;
aguas que expulsan con su mezcla ácida,
raras aguas que entregan
su cauce de vértigo.
María Inés Mato eligió en lo abierto
mareas de montaña
y volcanes helados,
oleaje turbio del mundo sensible
cenizas, peces, barro.
¿Quién acepta una nadadora sin pie
o ese imposible desequilibrio?
Con una pierna menos y sin prótesis
entrenó como una disidente;
en el verso libre encontró ritmos,
palabras que sostuvieran el calor;
en la falta de gravedad del agua
se llenó de voces;
nadar es hablar con la respiración.
Al mar del sur le habló con la memoria
de las mujeres yámanas,
a bordo de sí, con la corriente
del cuerpo hizo canoa
para llevar el fuego a la otra orilla.
María Inés Mato unió el estrecho
que separa Malvinas. Brazada tras
brazada, de la guerra abre olvidos;
una huella de espuma, un puente blanco,
un rastro en el agua de los vencidos.
¿Quién acepta una nadadora sin pie
que explora las bajas temperaturas,
sin rayas marcadas ni andarivel,
en las olas de su propia ruptura?
Con aire, un mar en contra se horada.
Del agua helada dijo duele muchísimo
pero es una frontera,
un cruce, solo eso.
Sin traje de neoprene
se zambulló en los hielos antárticos,
la gorra de goma de los nadadores
emergió inédita entre los témpanos;
un video muestra el barco guía
y su continuo braceo
bajo el ancho vaivén de una gaviota.
Coordenadas desiertas
que borran cualquier marca.
Proezas hacia adentro
probadas con el pulso.
Si cada persona es su propio mapa,
el suyo traza líneas,
casi imaginarias.
María Inés Mato buscó aguas frías
mares renuentes a la aceptación,
nieve hendida del planeta ¿o qué
callados, secretos límites cruzó?



Una nadadora cruza las 103 millas
entre Cuba y Cayo Hueso,
sobre el atardecer encendido del mar Caribe;
desde un kajak alejan
a su alrededor los tiburones
con un aparato que emite ondas;
usa unas antiparras que permiten
la visión nocturna y a eso se limita
el despliegue tecnológico.
Cuando hunde la cabeza al nadar sucede
lo que importa: el ser frente al obstáculo elegido
para probar que es.
Se llama Diana Nyad
y ya cruzó
desde Bahamas, batió récords.
Tiene 61 años y no se detiene
mas que para beber unos minutos
en el apuro de esa inmensidad.
Cuando nada parece no haber llorado nunca,
cuando nada parece que la melancolía no le
/hubiese roto
los deseos nunca.
Cuando nada la fuerza
no es solo atributo
de los dioses.
Pero la marea en contra la obliga a desvíos hirientes
mientras el agua brilla
como una autopista interminable en la lluvia,
como una hoja de filodendro agigantado por la
/lluvia
y el fracaso ahueca el aire
como un graznido.
Si abandona, la meta permanecerá, invisible
en la mañana después del cansancio,
en la noche anterior de la necesidad;
cuando crece la necesidad no hay sal, ni sed, ni sol
enceguecedor que melle
la voluntad de ir.
Pero ella nada ahora. Es dura, entrenó, bracea,
no se desgastó en lo inútil;
tiene 61 años y toda una vida de nadadora.



Una rompiente de aguavivas
viene a embestirme
con los hilos del ardor,
con las cabezas viscosas
levemente ladeadas.
No hay debajo de la ola,
ya rompe
y debería barrenar
como si no tuviese repelencia
ni los brazos inmovilizados.
Una rompiente de aguavivas
en el horizonte
sin escape del sueño;
cuál será la del dolor
cuál dará el topetazo
o quemará
el cuerpo desnudo;
cuál exigirá el tironeo
en la carne ampollada,
sacar los filamentos
enfriar la fiebre.
Levemente ladeadas
ante las cámaras,
habían encanecido
las cabezas de los represores.
Casi calvas, algo cínicas
en el banquillo de los acusados;
sin una fibra de retraimiento
que brotara de los años
como de un árbol de silencio.
Aguavivas de la pesadilla
y vigilia;
el dolor quedó afuera
de esas cabezas,
el dolor que no pudo
sentirse del todo,
un dolor como un mar negado
por preguntas que al despertar
querían su cielo y sus semillas.
¿Cómo alcanzar
la rosa diurna,
el coral sumergido,
el diamante de olor
prendido hondo?
Un mar revuelto la memoria
donde sopla la furia
y el dolor se abre limpio,
flor originaria.

2 comentarios:

  1. Muy original y muy hermoso. Encuentro también acentos épicos en su hondo lirismo.

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  2. Muy original y muy hermoso. Encuentro también acentos épicos en su hondo lirismo.

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