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Delmore Schwartz, la vida de un poeta americano . Walter Cassara


Somos terriblemente egoístas e injustos con los muertos. Quisiéramos cobijarlos al abrigo de nuestros mejores recuerdos, y a cambio les ofrecemos una posteridad inmutable como una piedra, donde paradójicamente quedan excluidos para siempre de ellos mismos. El caso de Delmore Schwartz es emblemático al respecto: uno llega a él a través del recuerdo de otros escritores que lo conocieron: Bellow, Berryman, Lowell, etc. Su obra parece secundaria en relación a su vida, y su vida también ha quedado relegada a las sombras: no es suya sino que es “la vida de un poeta americano” (de hecho, así se titula su biografía, escrita por James Atlas); la vida de un poeta americano, vale decir: la vida de un mero epítome, de un expediente clínico o jurídico, de una falacia ad hominem. 

¿En qué punto un poeta deja de vivir su propia vida y empieza a vivir su biografía literaria? ¿Y cómo habrá sido exactamente la vida de un poeta americano entre los años cuarenta y cincuenta? En principio, tiene que haber crecido en un barrio pobre de Brooklyn, tiene que ser judío con ciertas tendencias izquierdistas y con amplios conocimientos humanísticos acerca de todo: desde el psicoanálisis y el cine, pasando por el automovilismo y los scores de la liga de beisbol. Luego, debe tener una carrera literaria breve y fulminante, con éxitos definitivos y prematuros, y sobre todo debe sobrellevar un magnífico descenso a los infiernos, nimbado de ginebra y barbitúricos, largos litigios en tribunales y varias estadías en el manicomio. 

Una vida ciertamente agitada, aunque bastante monótona a la larga, salvo que uno abandone la poesía a los veinte años y se consagre a mercadear en el desierto, como hizo Rimbaud.  No obstante, Delmore no fue un velocista tan alígero como el adolescente de Charleville; todo lo contrario, al igual que uno de sus grandes maestros, Scott Fitzgerald, quedó muy pronto a la zaga de su propia juventud y prisionero de su propio mito, y debió cargar sobre sus hombros la eterna maldición del american dream. A los treinta años estaba completamente acabado; quizás poseía aún las fibras elásticas y explosivas de un corredor de velocidad, pero sus músculos y su alma eran los de un buey molido a palos. 

Lo peor que le puede ocurrir a un poeta es perder su facultad de ser imprevisible, vivir una vida prestada, convertirse en un estereotipo. Los muertos ya no pueden asombrarnos. Lo peor y lo mejor que le pudo ocurrir a Delmore Schwartz fue “reencarnar” en Von Humboldt Fleisher, el personaje de El legado de Humboldt, la célebre novela de Saul Bellow. Sin duda, este libro es un lúcido y genial homenaje a la leyenda del poeta, pero es también un mausoleo asfixiante del que su verdadera vida ya nunca podrá escapar. El mausoleo es América y el estereotipo es el más patético de todos: el del artista fracasado y condenado a deambular como un zombi en los márgenes de una sociedad despiadadamente materialista.  

La vida de un poeta americano es simplemente un calco de lo que podría haber sido una vida verdadera, en ese minuto en que llega a ser efectivamente cierta y que sólo puede traducirse en un anonimato tácito, y acaso, en muy contadas ocasiones, en un buen poema. La única chance que tenemos para redimir a Delmore Schwartz de todo ese parloteo esnob que rodea su figura, es asombrándonos con su poesía, que es un territorio virgen, o que casi no ha sido explorado. Todo lo otro, como diría Enrique Lihn, no es más que un epílogo en el diccionario total de la oscuridad.

Walter Cassara

Ilustración: Cecilia Saracho



(Versiones de Daniela Camozzi y Walter Cassara)


En este momento

Algunos, los inseguros, me reclaman. Temen
el as de espadas. Temen
los amores que se brindan de golpe, alejándose de la chimenea.
Dulces en su firmeza. Y desconfían
de los fuegos artificiales junto al lago, primero el estruendo,
y después las luces de colores en lo alto.
Llenos de dudas, son pura envidia
del César en su vuelta a la proa.
Atrapados en la piedra de su acto y su cargo.
Mientras los instrumentos de metal
arrancan brillantes sobre el agua,
ellos se quedan entre la multitud a lo largo de la orilla,
conscientes del agua bajo el Supremo. Lo saben. Con los ojos
fijos en el agua

me perturban, me exigen. No es cierto
que “nadie es feliz”, pero ese no es
el sentido que te orienta. Si somos inacabados
(lo somos, a menos que la esperanza sea un sueño equivocado),
entonces tenías razón. Me tiras de la manga
antes de que hable, con tu amistad hecha sombra,
y así recuerdo que a nosotros, los que seguimos,
nos llevan las nubes que oscurecen la medianoche.



Toda la noche, toda la noche

"He llegado a conocer la noche"  
Robert Frost


Viajé en tren toda la noche, en una luz mortecina.
Un pájaro de voluntad inusitada volaba en paralelo.
Con el ánimo y las maneras del ensueño diurno,
los demás pasajeros dormían, leían,
esperando y esperando el lugar para ser reubicados
en la vía exacta de la seguridad o en el casillero del accidente.

Miré por la ventanilla hacia la noche, y no pude distinguir
las luces de las ciudades por las que pasábamos
de las lámparas amarillas entumecidas en el cielorraso.
Y el pájaro volaba en paralelo, inmóvil, mientras el tren
avanzaba en la línea recta de su silbido, raudo
sobre las vías tensas, rasgando el vacío, reconocible.

El centro hastiado de esta visión y de este estado de las cosas
no levantaba los ojos de las páginas lustrosas de la revista
(buscando lo nuevo y lo desconocido), y sus ojos cayeron
en el pozo de la oscuridad sin fondo bajo el lustre.
Y él era apenas uno entre ocho millones de pasajeros y lectores.

Y todo el tiempo bajo la sonrisa vacía el tambor
del largo y decidido viaje se sacudía y lo traspasaba
y el cuerpo le respondía con mímicas y ecos.
Entonces el tren, como una lluvia torrencial e imprevista,
comenzó a acelerar y a triturar. La noche callada o pasiva,
presionado e impresionando las frentes de los pacientes
con una apretada imagen de la locomotora y su urgencia
avanzaban por un rayo de luz rasgando la noche,
cambiando y transformando el silencio
en una violencia de vapor, ruido, humo y sucesión.

Un niño aburrido fue a buscar un vaso de agua,
y lo volcó porque el agua también
se aburría y para dar la pelea vana del aburrimiento.
El niño, al regresar, miró por encima del hombro
de un hombre que leía, hasta que el hombro se enojó.
Un mujer gorda bostezó y sintió las gotas del líquido
derramarse por el entramado de tantas cenas.

Y el pájaro voló en paralelo y en paralelo volaron
las líneas de los postes de teléfono, como trazadas
por un lápiz negro, crucifijos a intervalos regulares,
un poste tras otro, cruzados tres veces,
de campanas azules, de árboles anónimos.

Y entonces el pájaro gritó, como si nos gritara a todos:

Ah tu vida, tu solitaria vida,
¿qué has hecho de ella,
qué, del gran legado de la conciencia?
¿Qué vas a hacer de tu vida
antes de que el cuchillo de la muerte
te dé la última respuesta, la única correcta?

Yo, por mi parte, me sentí, en mi corazón, como quien cae,
cae en un paracaídas, cae sin remedio, y siente
la infinita corriente del abismo que lo arrastra hacia abajo,
un payaso que sin remedio y eternamente cae, horrorizado:

Así es como la noche pasa, este es
el viaje interminable hacia el famoso inconmensurable
abismo.




Los perros son shakespeareanos, los niños son extraños

Los perros son shakespeareanos,  y los niños, extraños.
Que Freud y Wordsworth analicen al niño,
Y los ángeles y los expertos en Platón, al perro,
al perro que pasa corriendo y se detiene, dilatando la nariz,
y luego ladra y mueve la cola; el niño que pellizca
a su hermana, la chiquilla que cantaba el villancico
de la Noche de Reyes, como si entendiera
del viento y la lluvia, el perro que gemía
al escuchar el concierto de violines.
¡Qué tristeza cuando veo a un perro o a un niño!
Porque son extraños, son shakespeareanos.

Dinos, Freud, ¿podría ser que los dulces niñitos
tengan sueños horrorosos sobre funciones fisiológicas?
Y tú, Wordsworth, responde, ¿están en verdad los niños
coronados de gloria, tanto saben de la oscura Naturaleza?
El perro y su humilde búsqueda en la tierra,
el niño que atesora sueños y tiene miedo de lo oscuro,
no saben ni más ni menos que tú: saben muy bien
que ni el sueño ni la infancia dan la respuesta correcta:
Ustedes también son extraños, y los niños, shakespeareanos.

Respeta al niño, respeta al animal,
saluda a los extraños, y considera las cosas de cada día,
porque el cielo y el infierno están aquí,
pero esto, esto que decimos antes de arrepentirnos,
esto que vivimos detrás de nuestras caras ocultas,
no es sueño ni es infancia,
no es mito ni paisaje, no es definitivo ni está terminado,
porque estamos incompletos y del futuro no sabemos nada,
y aullamos o bailamos hasta quedarnos sin alma,
en sílabas acentuadas antes del telón:
nosotros somos los shakespeareanos; nosotros, los extraños.




 Un pequeño hijo y su madre embarazada

A los cuatro años la Naturaleza es montañosa,
misteriosa, submarina. Esto lo sabe

hasta un niño de ciudad, al escuchar el rumor
del subterráneo en lo profundo. Por la rejilla

resbaló su moneda, y así supo de la pérdida,
ese centavo irrecuperable del destino,

y ahora el más novedoso de los misterios,
se impone ante sus ojos honestos, precavidos.

La madre demasiado gorda, demasiado distraída,
lejos de él su mirada, sin ver su rostro, sin verlo

a él, su perfume, su encanto, su hora de ir a dormir,
su leche tibia en la noche más oscura, la primavera

tardía, extraño deseo, y el tiempo vertiginoso,
este distanciamiento que crece despacio

(su madre antes tan esbelta, casi siempre enferma,
fue su monumental padre quien hizo este hechizo)

Y la explicación para el miedo sigiloso y contenido,
otra criatura que se engendra y se empieza a amar:

si todos los hombres son enemigos,
¡hasta los hermanos pueden expulsarse de sus madres!

No hay mejor ejemplo que este hermano sin nacer
y el exilio que le enseña de su madre,

medido según la distancia de aquí al cielo,
y dicho en dos palabras apenas,
yo soy yo.




Paráfrasis de un sueño de Whitman, con el reconocimiento y la vitalidad de Renoir

Veintiocho mujeres desnudas se bañan en la costa
o cerca de la ribera de un lago montañoso
veintiocho muchachas, todas bellísimas,
dignas de posar para la cámara de Mack Sennett
o de bailar en el coro de Florenz Ziegfield.

Jugaban con el agua y nadaban con la maravillosa
irreflexión de su belleza y juventud
en la espontaneidad absoluta del verano, entre raptos
de una conciencia
más aguda, más intensa, más suave
debido a la sedosidad y suavidad de las aguas
que se hacían sangre con la energía
encendida por la desnudez de los cuerpos,

electrificada: deificada: imposible de negar.

Un hombre de unos treinta años las contempla desde lejos.
Vive en un calabozo de diez millones de dólares.
Es rico, buen mozo y está parado, vacío, detrás
de las cortinas de lino
y desde ahí las contempla.
¿Cuál de ellas le parece la más deseable, la más hermosa?
Todas son deseables y hermosas por igual desde su dorada
/distancia.
Es que si la pobreza oscurece la discriminación y convierte
a la percepción en algo demasiado vívido,
el oro de la riqueza es también una forma de la ceguera.
O no fue un francés el que dijo, aunque esto sea América…

Pero lo que dijo no es del todo exacto, aquello
de que una mujer desnuda demuestra la existencia de Dios.

¿Pero adónde va?
¿Va a reunirse con ellas, a jugar y a reír con ellas?
No lo vieron, aunque él sí, y así estuvo allí, entre ellas.
Las vio como no habría podido hacerlo si hubieran
notado su presencia
o la de los hombres en su total desenfreno:
este es su encanto y su miseria,
al poseerlas solo en la mirada.

…sintió el misterio del bosque, supo de la suavidad de junio,
la tibieza que lo rodeaba crujió
y tras la mansarda, desde el tejado de esa casona,
vislumbró la luz opaca de las hojas quebradizas del año pasado,
ya caídas, escudriñadas primero, ignoradas después,
entrevistas por la muerte al caer,
el invierno enlutado y el renacimiento de mayo. 



El reino de la poesía

Es como luz,
es luz,
necesaria mientras alumbra, mientras seduce y
 fascina…


…Ciertamente, la poesía es
más atractiva, más valiosa
  y mucho más seductora
que las Cataratas del Niágara, el Gran Cañón, el Océano Atlántico
 y otros admirados fenómenos naturales.
Es necesaria mientras alumbra, y mientras es hermosa.
  Es prepóstera
con precisión, hace que sea posible decir
que no se puede cargar con una montaña, aunque un poema puede cargarlo todo.
  Es monstruosa
con amabilidad, porque puede decir, seriamente o en broma:

“La poesía es mejor que la esperanza,
“porque es la paciencia de la esperanza, y todos los cuadros vivos de la esperanza,
“la poesía es mejor que la exaltación, de hecho es más placentera,
“es superior al éxito y a la victoria, y resiste en su tranquila beatitud
“mucho tiempo después que la gesta más grandiosa, como fuegos de artificio que se arman y caen.
“La poesía es de lejos el animal más poderoso y fascinante 
“que ningún bosque o jungla, ningún arca, circo o zoo pueden poseer.”

Por eso, la poesía enaltece y  agudiza la realidad:
porque afirma que la realidad es magnífica, pero también estúpida:
por eso, la poesía, en cierto sentido, es omnipotente;
porque la realidad es variada y rica, vívida y poderosa, pero no alcanza
ya que es caótica y estúpida o sólo a ratos, y errática, inteligente,
porque sin poesía, la realidad es muda e incomprensible,
es rudimentaria, como la magnificencia y ampulosidad del trueno:
sus peroratas  en torno a la incesante oración del océano:
por eso el brillo y la gloria de la realidad, sin poesía,
se apagan, como los rojos ópera del atardecer,
            los ríos azules y las ventanas de la mañana.

El arte de la poesía hace posible afirmar: Pandemonium.
            Porque la poesía es exacta y alegre. Y dice:
            “el atardecer recuerda a una corrida de toros.
            “Un remo en el sueño suena como soda, burbujea.”
La poesía resucita el pasado desde la tumba, como Lázaro.
Trasfigura un león en un fénix y una muchacha.
Y confiere a la muchacha el esplendor del latín.
Transfigura el pan en vino y cada matrimonio en Caná de Galilea.
Porque es verdad la poesía ha inventado al unicornio, al centauro y al fénix.
De ahí que es cierto que la poesía sea un Arca indestructible,
un autobús que admite, conduce e impulsa la mente de todos los animales.
De ahí que haya otorgado y otorgue una lengua a la compasión,
por lo tanto una historia de la poesía debería ser una historia de la dicha, y una historia
  del misterio del amor
porque la poesía proporciona espontáneamente, con libertad y abundancia
un nombre a las mascotas y los diminutivos que el amor requiere y sin los cuales
el misterio del amor no puede ser dominado. 

Por eso la poesía es como luz, es luz.
Brilla sobre todas las cosas, como el cielo azul, con la misma justicia azul.
Por eso es el resplandor de la conciencia:
y es también la tierra de los frutos del conocimiento
                        en los huertos del ser:
nos muestra las delicias de la ciudad.
            Alumbra las estructuras de la realidad.
            Es motivo de conocimiento y de carcajadas:
            afina los bisbiseos del ingenio.
            Es como la mañana, como las flautas de la mañana, cantando encantadas.
            Es el nacer y el renacer de la primera mañana para siempre.

La poesía es ágil como un tigre, astuta como un gato, vívida como una naranja,
no obstante, nunca muere: es de hojas perennes y está siempre en flor;
aun mucho después que faraones y césares se han extinguido,
ella brilla y resiste más que los diamantes,
porque la poesía es la actualidad de la posibilidad. Es
            la realidad de la imaginación
            es la garganta de la exaltación,
            la procesión de la posesión,
            el movimiento del entendimiento y
            el entendimiento de la mañana y
            el dominio del entendimiento.

El encomio de la poesía es como la claridad en las alturas de la montaña.
Las alturas de la poesía son como la exaltación de las montañas.
¡Es la realización de la conciencia en el país de la mañana!

Daniel Oblitas - Ellos ya me creen dormido




Tu verano en el océano

no dejes que el mar
te convierta en sirena
            acá en la urbe
los autos pasan encima de la gente
y las modernas estructuras empiezan a oxidarse

pero cuando las calles
se muestran despejadas
puede sentirse de a poco
cómo fluye el magnetismo

antojado de tu brisa
en mi cuerpo siento tu marea
y pienso en toda esa agua
donde las profecías pronostican nuestro ahogo


Movimiento telúrico

es mío el mar
que se refleja en tu mirada
con tus pestañas que baten la espuma
burbujeando en nuestra piel

el intenso calor
nos convierte en gotas
igual de saladas

dejemos al sol sumergirse en el agua
y que venga la luna grisácea
a reflejarse

extendiendo la noche
funde su color
vibrante en el espacio

y las criaturas de las profundidades
concebirán como nosotros
su rito de oscuridad


Regocijado en la pereza

no pretendo alterar algo
ni dejar descendencia
pero quiero seguir mirando

rascarme la barriga
mientras el sol
atraviesa mis ventanas

el viento hace flamear las cortinas
también mis hojas
y la vibración de los parlantes
marcándome el ritmo cardíaco

haciendo nada
mientras todo está encendido
mudo el televisor
transmitiendo la hecatombe

navego en el computador
sobre una silla giratoria
deseando un aire acondicionado


lunación

esta mañana el sol no emite luz
pero los pájaros cantarines
buscan las gotas de rocío

y las abejas sazonan su miel
en capullos florales

¿será porque no paramos
de aullarle a la luna
queriendo alcanzarla con la lengua?


Hospital naval

la embarcación de cemento
sobre el asfalto se muestra imponente
y ni los vientos más tormentosos pueden moverlo

en sus ventanas esféricas
el afuera se refleja
como giros sucesivos

las chicas de traje blanco
y guantes acrílicos
nos incrustan sus jeringas
cargadas de anestesia

mientras mis venas absorben el suero
me veo aislado en este navío
como uno de los muchos tripulantes
que aguardan echados en camas altas
para irse nadando en un sueño
o salir caminando


Aneurisma

Ellos ya me creen dormido
hablan de sondear la arteria
abriéndome la espalda a pinchazos
y el mar golpeándome el pecho
en este quirófano invernal

adormecida carne
servida en la camilla
donde la hoja del bisturí
mortaja con su ciencia

y más allá de toda esta anestesia
sé que volveré a ver mi horizonte
de pie ante el suelo que me enseñó a caminar

abatidos los párpados
descienden como cascadas
de una blanca luz artificial
en áridas montañas
grises por un cielo seco

mientras un viento me tira de los pelos
abrazo una gigante piedra
y le pido que me lleve
a un pacífico océano
donde pueda sumergirme
y luego volver a la superficie

al despertar
cobijado por las frazadas
la ventana trasluce la noche
con un sosiego celeste
y siento el céfiro labial
de un beso húmedo



Ilustración Raquel Cané.



Daniel Oblitas. Bio.


Nací en Lima –Perú el 6 de febrero de 1983

Resido en la Argentina hace 10 años.

Llegué a este país en un bus naranja oxidado.

En los tres largos días de viaje no paramos de beber chicha

ni de entonar canciones del Zambo Cavero.

El chofer también bebía y los caminos se hacían abismales

las ruedas patinaban sobre el barro pantanoso de las rutas sin asfalto.

Y yo pensaba en ella, en ese aroma del mar pacifico
También recordaba con odio a esa vieja cristiana de su madre
que le decía que yo era un hereje bueno para nada.
Y en el milico de su viejo que me miraba con desconfianza
por saber andar con los cholos cantando huaynos.
En ese bus todos huían de algo, sus rostros lo decían
yo también, pero no determinaba cual de las dos razones
era la causante de mi partida.
Hasta que llegué a Retiro y me recibió mi padre, en su casa nos esperaba el asado y el vino.
Nos sentamos a la mesa y él masticando un trozo de carne
me dijo que en este lugar había que hacer patria con las fuerza de nuestros brazos
mientras lo escuchaba
pensaba que debía haberme quedado con mi madre
allá en las aguas del pacifico.
Hasta que la noche se hizo presente y buenos aires me atrapo.
Me vi envuelto en una tribu de desacatados que trafican gestos de amor en lo cotidiano.
Este lugar es parte de mí, como lo es el cajón vibrante de los negros de chincha.
Como la mazamorra morada y el suspiro de una Lima
que no dejo de recordar.





Ilustración Micaela Ramos.


El canto del mar y la sirena - Anahí Mallol

La sirena quería ser mujer, mujer a secas, para `poder casarse y vivir con su príncipe. Pocas veces alguien se preguntó por lo que el príncipe querría de la sirena, esa mujer de la cual se ha hecho tanta mala fama. Stevie Smith en un poema bello, irónico e implacable, “The frog prince”, presenta el punto de vista del sapo-príncipe hechizado que no quiere ser besado porque no quiere volver a su vida principesca, adherido ya sin salvación a la sencillez y la dulzura de su vida de sapo.

En los poemas de Daniel Oblitas hay también una voz extrañada: la voz del príncipe enamorado de la sirena, la voz del poeta cautivado por las palabras, con su mezcla de herida y consuelo. Porque hay un anhelo por la sirena, hay un canto de amor, que es el del príncipe que espera, pero hay también una escama o arpón o bisturí que se clavan en la carne, hay una herida por la que fluye, sangre y agua, la voz poética. En este cruce los poemas se arman y se desarman como olas: dicen, desdicen, se encabalgan, continúan, cesan, para volver a embestir, con furia o con suavidad, las más de las veces, “para irse nadando en un sueño/ o salir caminando“. Lo que esa voz acuática moldea en oleadas es una posibilidad (“un pacífico océano/ donde pueda sumergirme/ y luego volver a la superficie”) que, así, herida, redime un poco: inmensa, inconmensurable, como el mar, oscura y luminosa, entre ruinas y esplendorosa, la marea de los versos hacen la posibilidad de decir: la espera, la esperanza, la vida como puro acontecer, el lenguaje mismo en el lugar del acontecimiento, que vela y desvela a su contrincante, la que espera al acecho, la muerte. Porque dice: aquí está la poesía.



Traducción de los poemas de Daniel Oblitas 
por Daniela Camozzi


Your Summer in the Ocean

do not let the sea
change you into a mermaid
            here in the big city
cars run over people
and modern structures begin to rust
but when the streets
are finally clear
you can gradually feel
how magnetism flows
longing for your breeze
I feel your tide in my body
and I think of all that water
the prophecies telling of our drowning



Earth Movement

I own the sea
reflected in your eyes
your lashes battering the foam
bubbling on our skin
the blazing heat
turns us into drops
equally salty

let’s let the sun sink into the water
and the grayish moon
mirror herself

expanding the night
melting its vibrant color
into the space
and the creatures from the depths
shall conceive like us
their rite of darkness



Solar Hair

you make me sleep
bathing in light
rocking me
on the surface of an ocean



A Boy from the Provinces

with my right hand
I cross my chest
and I march offering
my arms’ strength

I bear on my shoulders
the beam’s weight
and every day I am
awaken by the nails



Lazy I Rejoice

I do not intend to change things
or leave any offspring
I just want to keep watching
scratch my belly
as the sun crosses
my windows

the wind flaps the curtains
and my leaves
as the speakers vibrate
setting my heart beat

I do nothing
while everything is on
a mute TV
broadcasting the bloodbath

I sail the computer
on a swivel chair
wishing for an air conditioner



moon orbit

there is no sunshine today
but still birds are chanting
searching for dew props
and bees season their honey
into flower buds

could this be because
all we do is howl at the moon
trying to touch it with our tongues?



Naval Hospital

the concrete-made ship
shows herself majestic on the asphalt
and not even the stormiest wind can move it

its spherical windows
reflect the outside
in endless spins

white-suited girls
wearing acrylic gloves
stuck their syringes
full of anesthesia into us
as my veins absorb the fluid
I see myself isolated in this ship
one of many sailors
lying still on high beds
awaiting to swim away in a dream
or get out walking



Aneurism

they think I am already asleep
talk about probing the artery
tearing up my back with their needles
and the sea striking my chest
in this wintry operating room
numbed flesh
served on the medical table
where the scalpel blade
shrouds with its science

beyond all this anesthesia
I know I will see my horizon again
standing on the soil that taught me to walk
downed eyelids
flow down like waterfalls
of a white artificial light
on arid mountains
grayed by a dried out sky

a wind pulls my hair
and I hold on to a giant stone
begging that it takes me away
to a soothing ocean
where I can dive deep down
only to come back to the surface

when I wake up
wrapped in my warm blanket
the window lets the night in
with a bluish quietness
and I feel the labial zephyr
of a wet kiss