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Martín Vázquez Grillé - Pequeños botes cruzando lo negro del río

poesia argentina






QUISIERA HABLARTE AHORA DE LA LLUVIA DE LOS DÍAS ANTERIORES
de cómo el árbol de jazmines resistió el peso de las gotas
una por una, sin chistar
aunque no se inunde como antes y el terror por el agua
no tenga ya, razón de ser
quisiera explicarte que no debés tener tanto miedo,
nunca más el río ha de llevarse tus juguetes ni los míos
vendrán muchos pájaros a cantar en tu ventana
y los dos nos quedaremos allí, oyéndolos.




HEMOS DE SER COMO LOS CAMALOTES
que zumban, dejando una estela
de bichos en la superficie
y van amontonándose, todos contra todos bajo el puente,
después del río, donde empiezan los arroyos
después de trasnochar
sin una sola estrella y perros que se aúllan
vaya uno a saber bien por qué
¿ se contarán la lluvia que viene llegando grande?
¿ sabrán del otoño, de la brisa amarillenta que se lleva
a todos los malos sueños?



UNA NOCHE COMO ÉSTA DEBE SER EL PARAÍSO:
a lo lejos resplandecen las lagunas y se pueden adivinar
las siluetas de algunos animales correteando en el pasto largo
frío de la llanura - jóvenes antílopes descubriendo
el encanto de bailar entre la sombra-
como si fueran conscientes de la necesidad
de entretenernos, mantenernos asombrados
en un momento, apenas eso,  invariablemente
único –como cuando prendidos de la mano, vos y yo
volvíamos de la feria, esquivando baldosas rotas, un día sábado a la mañana-
parecido a la sensación de los primeros rayos de sol
sobre la piel de un niño que aún no sabe si sueña, o si es cierto
que el mundo, a veces, se llena de luz.



LE PREGUNTO AL SEÑOR DE LA NOCHE, CUÁL NOCHE DE TODAS ES ÉSTA
y no hay respuestas en la tierra ni en el cielo
solo huecos de estrellas, memorias de una luz
pequeñita y muy remota, parecida a esas velas
que se prenden con la idea de animar
la charla entre los muertos, y al cabo de un rato
no son más que el olor imborrable de alguien
que así como llegó (a campo traviesa por la madrugada,
en el más absoluto silencio)
se fue a esconder entre los cardos
llevándose, para sí, a todas las mariposas de este mundo.



ACASO TODO ESTO SOLO SEA
 la deriva de alguien que, finalmente vencido por el sueño
cae por casualidad en la parte más honda del río
y se deja arrastrar corriente abajo, abriéndose paso
por lugares donde siempre es de noche
sin poder imaginar lo cerca que está
de aquello que nunca pudo nombrar
confundido por el ritmo de su propia respiración
y el sonido de cipreses que se juntan
en la orilla para ver a los que viajan, a veces nadando
y otras veces arrollados por el vértigo del agua
desde una vigilia incierta, hasta un dormir sin tiempo ni lugar
presuntamente placentero, una luz que al final se desvanece
una luz a punto de apagarse, y nada más.



LO QUE NADIE DICE ES QUE UNO PUEDE
si quiere, verla llegar
con solo prestar un poco de atención
y enseguida advertir el aleteo, la suspensión
del tiempo, detenido en frágiles segundos como una aguja de hielo
que se mete entre la ropa y brilla
adherida a la piel, tensándola.
Nadie dice que uno puede, si quiere, presentirla
tal como se intuyen las crecidas
a causa del aire hinchado y las flores desprendidas
de todo el color que pueden contener,
hasta que un día se aprende
que uno puede mirarla a los ojos, casi tocar
sus músculos - tersos músculos de estatua, siempre joven-
sin poder hablar
apenas imaginar la nieve derretida formando charcos
en el campo, los huecos que esa nieve
va a dejar en la tierra seca del otoño
los yuyos, creciendo en racimos
solitarios a la buena del viento y a lo lejos
ceniza que viene, nubes enteras de polvo negro, inerte
cubriendo lo que queda de cielo, y mas allá.



YA NO HAY MÁS QUE ALGÚN
que otro barco abandonado en la orilla
y los dos lo sabemos: en cualquier momento va a sonar
la bocina de un tren cargado de troncos
que algunos hombres vestidos con camisas leñadoras
cortaron,  en algún bosque lejano
donde extraños animales que hemos visto solo en los libros
se acompañan bajo la nieve y el frío
sin saber, ni siquiera imaginar, que podrían quedarse quietos
al abrigo de la tarde, para siempre.



HAY UN ECO QUE VUELVE DESDE EL AGUA Y REBOTA EN LAS PAREDES
como gorrión caído luchando por salir de la maceta
una centrífuga de frases dichas al pasar
que no siempre alcanzan la conversación
como si estuvieran ahí para armar por años
un rompecabezas y cada día un pieza nueva
llegara con el viento y la voz cambiada
casi un susurro, para perderse al fin
esfumarse, entre la niebla bajando
sobre pequeños botes que cruzan lo negro del río.





Martín Vázquez Grillé nació en Enero de 1976 en Buenos Aires. Estudió Letras en la UBA y actualmente cursa la carrera de Historia, también en la UBA. Concurrió al taller de escritura poética coordinado por Osvaldo Bossi y Walter Cassara. Trabaja como docente de inglés y de español para extranjeros. En 1998 fue seleccionado para la Antología de Poetas del Ciclo Buenos Aires No Duerme, publicada por Eudeba y en 1999 publicó Tundra (poesía) en forma independiente. Tradujo a Mark Strand  (The Continuous Life, Alfred A. Knopf, 1990), algunas de esas traducciones pueden leerse en No Retornable Vol 7. En 2011 fue seleccionado como Poeta Revelación en la 2da Convocatoria de la Revista Plebella. En 2012 recibió una mención honorífica del Fondo Nacional de las Artes por la serie de poemas Pequeños botes cruzando lo negro del río.



poesia argentina
            (Ilustración: Juan Christensen, 1984)







Los restos de la luz, por Juan Pablo Bonino



La unidad de estos poemas maravillosos está en la pálida y brillosa textura que emana del pequeño universo que los sostiene. La luz, la sombra, los juncos, la noche, un botecito, árboles, el viento y la voz. Con este puñado de elementos se abre hacia otro universo que nunca es del todo visible, sino que oscila como un niño que teme y curiosea, se acerca y se aleja de esas imágenes para que surjan otras más coloquiales pero con la intensidad de lo imaginario: son imágenes de lo perdido, de aquello que puede regresar como un eco imposible de retener, pero donde no está exento el placer narrativo de capturar con el ojo, todo lo que la corriente -del agua, del tiempo, de la nostalgia- inexorablemente se lleva.

No sé qué es la literatura pero me acuerdo de esa noche, creo que era noviembre o diciembre del año pasado cuando estaba en una lectura, sentado al fondo y desconcentrándome en el bullicio impaciente de la sala y escuché a Martín leer sus poemas por primera vez. Admiré su seriedad reconcentrada, su voz palpando los versos como si los acariciara y la prolijidad humilde de su tono que no se hacía cargo de lo que decía, sino que parecía como si su voz fuera apenas un instrumento de aquello que los poemas tenían para decir a lo largo de la noche. Después empecé a decirles a mis amigos que tenían que leer estos poemas y supe que pertenecían a un libro inédito. Meses después me alegré al enterarme que había obtenido una mención en el premio nacional de poesía del Fondo Nacional de las Artes. Después no supe más nada. Y en ese mutismo me mantuve hasta que me dijeron que tenía que escribir sobre estos poemas. Volví a leerlos y a encontrar en ellos algo de lo que recordaba: la nitidez de una voz que hace del ritmo y el espacio del río un lugar mítico, imponiendo sobre cada objeto que describe, una demora y un desplazamiento, cuyo eco los envuelve de una magia y una verdad muy personal.

Algunos poemas construyen lentamente una imagen, tensando los matices de color de cada escenario y describiendo no hasta el más mínimo detalle, sino sobre todo, solamente, el más mínimo detalle. Esa imagen de un momento a otro se vuelve extraña, agarra al lector desprevenido y le zampa otra imagen que irrumpe para dejar atrás la primera, pero cuya potencia reside, justamente, en esa materia acumulada desde el inicio. Así, como en la música, las notas que emana un instrumento dialogan con el sonido de otro, en estos poemas una imagen anuncia la próxima, pero como en el río, hay un movimiento de vaivén, de ocultar y descubrir, en donde brillan la inminencia y fragmentos de verdades íntimas.  Así en un poema dice:

“JUSTO EN MEDIO DEL RÍO
exactamente entre una orilla y la otra
en ese preciso lugar, chirriante de burbujas
plateado de peces que tomados por sorpresa
flotan sin sentido en la superficie
hasta quién sabe dónde, en medio de un agua lenta
sin remolinos ni alertas de crecida inminente
se observan las casas pasar, a un lado y al otro
paredes familiares que habrán de cambiar
con el tiempo, como todo, como los cuerpos de los chicos
o la intensidad de las luces en los puentes
y este pequeño pedazo tuyo, que hay en mí, que al fin morirá”

Hay en este poema un yo poético asimilable a algo que podría llamarse, casi como si fuera una paradoja, una impersonalidad caprichosa. Yo diría que, en primer término, hay una dimensión de la mirada alejándose de sí misma, que en los primeros versos se posa en el paisaje nocturno y desapacible, para después ir volviéndose más personal cuando se refiere a las casas y sobre todo a las paredes familiares, que son el punto a partir del cual esa escena menor se torna metafísica, ya que:

“...se observan las casas pasar, a un lado y al otro
paredes familiares habrán de cambiar
con el tiempo, como todo...”

El tiempo está en el centro de estos poemas -aquello que se va y aquello que permanece-, pero lo interesante es que la objetividad en que reposa el poema se va volviendo hacia un paisaje de mayor intimidad, donde el tiempo está espacializado no ya en el agua del río, sino en ese cuerpo de la voz que habla y forja una sentencia de índole personal sobre la herida de un amor, al decir:

“...y este pequeño pedazo tuyo, que hay en mí, que al fin morirá”.

Estos versos certeros y arteriales que cierran el poema no son más que una resonancia de aquellos que se refieren a:

“...peces que tomados por sorpresa
 flotan sin sentido en la superficie
hasta quién sabe dónde...”

Así como esos peces, esa isla maravillosa que puede ser una persona soñando el amor en las entrañas de otra, finalmente desemboca en una decisión que pone punto final a una deriva que podría extenderse más de lo deseado, y pudrir hasta volver enfermos, esos sitios que alguna vez estuvieron purificados por la luz. En el río que atraviesa estos poemas se representan fragmentos de la memoria de un personaje que contempla el paisaje y se observa a sí mismo como si fuera otro, como si el paso del tiempo fuera ese río que arrasa y atesora instantes perdidos en el fondo del agua. De esos restos que vuelven son materia estos poemas, como si el poeta fuera un buzo que se sumerge en lo más hondo del río para preguntarse qué hay allí, o quizá solamente para decir cuáles son los ecos de aquello que no se puede descifrar. Puntualmente hay un poema que tematiza este descenso:

“ACASO TODO ESTO SOLO SEA
la deriva de alguien que, finalmente vencido por el sueño
cae por casualidad en la parte más honda del río
y se deja arrastrar corriente abajo, abriéndose paso
por lugares donde siempre es de noche
sin poder imaginar lo cerca que está
de aquello que nunca pudo nombrar
confundido por el ritmo de su propia respiración
y el sonido de cipreses que se juntan
en la orilla para ver a los que viajan, a veces nadando
y otras veces arrollados por el vértigo del agua
desde una vigilia incierta, hasta un dormir sin tiempo ni lugar
presuntamente placentero, una luz que al final se desvanece
una luz a punto de apargarse, y nada más”

Como si fuera un sueño, los lugares que el yo lírico describe son un punteo de sensaciones veladas que permanecen del otro lado, en la otra orilla de un espacio que es imposible cruzar. Hay un punto en que las palabras pierden su referencia y comienzan a deslizarse imperceptiblemente y con potencia hacia otro significado, como si mudaran de piel pero sin perder jamás su aspecto primero. En este poema hay un momento donde se forma ese puente, cuando el narrador se distancia y detiene el tiempo de la acción narrativa para interpretar qué está sucediendo mientras ese personaje cae:

“...sin poder imaginar lo cerca que está
de aquello que nunca pudo nombrar”

Con estas pequeñas ligaduras secretas, el lector puede pasar de una historia concreta a otra más sinuosa y de menor claridad, sin embargo es aquí donde aparece ese río, otra vez más, convertido en un espacio donde se depositan imágenes próximas a lo inefable. El barro fangoso del fondo del río es desconocido, pero el viaje hasta allí de pronto vuelve a cambiar de rumbo, ya que en el punto cuando ya no habría más nada qué decir de esa oscuridad absoluta, el poema se reinventa a través de la personificación de esos:

“...cipreses que se juntan
en la orilla para ver a los que viajan...”

Es maravilloso este contrapunto de miradas porque cuando ya quien está descendiendo ha llegado a un punto ciego, la narración cambia su punto de vista para que aquello indecible se vuelva nítido, pero en esa claridad no hay una explicación de ese viaje, sino que hasta el final del poema se mantiene oculto el misterio de ese trayecto que culmina así:

“...hasta un dormir sin tiempo ni lugar
presuntamente placentero, una luz que al final se desvanece
una luz a punto de apagarse, y nada más”

Hay en ese “nada más” una cualidad vinculada al resto de los poemas: la humildad. Esa luz a punto de apagarse podría desplegarse hacia infinitos significados, pero elige detenerse en ese instante que está fuera del tiempo y del espacio, un instante epifánico que muestra y oculta con maestría, el secreto que esconde la luz.

Al hablar de la luminosidad de estos poemas y de la luz que se menciona una y otra vez, no puedo dejar de decir que ese brillo alude, sobre todo, a la sombra que se desprende sobre aquello que no está iluminado, que se vuelve un terreno oscuro escurrido al costado de la escena focalizada por los reflectores. De esa tiniebla que bordea la luz silenciosamente y parece rodearla sin un sentido ni un direccionamiento definido también están construidos estos poemas. En ese claroscuro resplandece su belleza. De ese delicado equilibrio entre lo que permiten ver las sombras y aquello que velan están hechos estos poemas. Y sobre todo del paisaje volviéndose un estado de ánimo, un atisbo de un recuerdo, un chispazo que irrumpe, para que después cuando la mirada del yo lírico vuelva a posarse sobre el paisaje, éste haya cambiado completamente. Esta tensión entre la forma de mirar el paisaje como una autobiografía instrospectiva está en el centro de este poema:

“UNA NOCHE COMO ÉSTA DEBE SER EL PARAÍSO:
a lo lejos resplandecen las lagunas y se pueden adivinar
las siluetas de algunos animales correteando en el pasto largo
frío de la llanura -jóvenes antílopes descubriendo
el encanto de bailar entre la sombra-
como si fuera conscientes de la necesidad
de entretenernos, mantenernos asombrados
en un momento, apenas eso, invariablemente
único -como cuando prendidos de la mano, vos y yo
volvíamos de la feria, esquivando baldosas rotas, un día sábado a la mañana-
parecido a la sensación de los primeros rayos de sol
sobre la piel de un niño que aún no sabe si sueña, o si es cierto
que el mundo, a veces, se llena de luz”

No se hace referencia a cómo es esa noche, ni en los primeros versos parece notarse nada extraordinario más allá del íntimo espectáculo que los antílopes parecen brindar a quienes los miran. Sin embargo ya hay en esa imagen, en la idea de que los animales pueden asombrar a alguien sin darse cuenta, una representación anticipada del inminente recuerdo de las sensaciones que tuvieron los dos amantes cuando volvían de la feria. Ellos desconocen que estaban atravesando un momento memorable ese sábado a la mañana. El tesoro parecería estar en la memoria y no en ese presente que se ha ido. Quizás podríamos pensar la noche como el paraíso de la luz, como ese lugar desde el cual imaginar todo aquello que resplandece a pesar del peso de los años. Por eso, la comparación de esa mañana maravillosa es con la sensación desconcertante que un niño siente cuando el sol lo acaricia por primera vez. Esa luz que atraviesa la piel del niño sin que siquiera sea necesario que él sepa qué es el sol, es lo que devuelven estos poemas. No hay aquí la inocencia del niño, sino el redescubrimiento de quien puede volver a paladear cada recuerdo sin nostalgia, como si fuera la primera vez. 


Juan Pablo Bonino, Buenos Aires, 1984.

Juan Pablo Bonino - Algunas noches cuando nieva




Esa noche pude ver los rayos de luz
descomponerse sobre la nieve, esa noche
sentí cómo tu sangre y la mía circulaban juntas,
esa noche como nunca esperé la punta del amanecer
volverse una parte de tu ojo que ya casi no parpadeaba.

Los relámpagos entibiaban la noche
mientras afuera la nieve envolvía casi todo
con su película de luz, menos las puntas de las rocas
que quizá brillarían si quisieras iluminarlas cuando soñabas:
desde tus ojos se proyectaban relámpagos que segundos después
caían desde el cielo, así como la nieve que venía de la noche
viajaba en secreto por un túnel hacia nuestra sangre.

Nunca sentí a alguien como esa noche,
cuando mientras pasaba el dorso de mi mano
por la tela de tus párpados, escuché cómo suspirabas
y me decías que te sentías sola. Afuera nevaba, poco
pero nevaba. Sin embargo por la luz que salía de tus ojos
imaginé las amarras de un bote soltándose, algo así como
el punto de partida para lo que fue el mejor sueño del mundo:
acariciarte una y otra vez en un ciclo que no era de este planeta,
un tiempo de nieve deslumbrante que cada vez que titilaba en tus pupilas
derramaba en toda la casa un rayo de luz que apuntaba a mi ojo.


ºººº


I

Tenías escarcha en el borde
de tu boca y la bufanda amarilla
te envolvía como un anillo de viento,
los relámpagos acariciaban la tierra
y en el fondo de tus ojos había algo,
me pregunto qué había en ese fondo
y sólo puedo pensar en la nieve que
cae sobre las piedras y las envuelve
como si ya no hubiera un sostén
para esa forma infinita del brillo.

  
II

Al fondo de la noche, las frondosas
tipas se arqueaban con los tironeos
del viento, y -creo acordarme- como
si viniera de otra galaxia, de tu voz
amasijada por los años glaciales
que se hundieron en tus pupilas,
y ahora estás tan hermosa y pienso
este reencuentro como una forma
de saldar deudas con el tiempo
ya pasado que permanece intacto
como un astro perdido en el cielo.


ºººº


Es un amanecer tenue de sol frío
y -como siempre- saco dos naranjas
del bol y me dispongo a exprimirlas,
a quitarles con furia toda esa maravilla
que guardan en el centro de sí mismas:
su forma redonda se ofrece a mi mano
y de pronto siento un leve asombro
por la relación que se establece entre
la rugosidad de su cáscara y mi piel
apenas húmeda después de ducharme.
Agarro las dos naranjas con mi mano
derecha y las arrojo al aire -primero
una y después la otra- y se desata
en las alturas una función alucinada
de metódica desmesura: las esferas
cada vez más brillantes, anaranjadas
y pulidas se consagran como estrellas
mínimas, desplegándose en este rito
antes de que las decapite y el tiempo
les dé su última palada: dos mitades
idénticas y perfectas ahora reposan
en la quirúrgica mesada de granito
a punto de perder su propia vida.


ºººº


Algunas noches cuando nieva
después de cenar, con Julia
conversamos sobre la belleza
de los copos que giran y dan
vueltas por el aire. Ella se queda
enmudecida, cierra sus ojos
y pone sus manos bien abiertas
contra el ventanal empañado
guareciéndose del frío febril
que se expande desde las plantas
de sus pies -ella adoraba estar
descalza en Arizona- y aquí
las medias térmicas ni siquiera
hacen sentirla como en casa.
Desde que llegamos, me dice,
que ha perdido el tono de voz
jubiloso porque aquí casi todo
se tiñe de una sutil despedida,
como si incluso nuestra relación
-me murmura algunos días-
estuviera afectada por la nieve
que se acumula y que nunca
nadie barre. Yo no sé qué decir
y pienso en los aludes, en esas
bolas de nieve que poco a poco
adquieren un tamaño insolente
y arrasan hombres y autopistas.
De todas formas, no todo está
definitivamente perdido, por eso
a veces simulamos postergar
el futuro y sonreímos tímidos
cuando Julia se quita las medias
-y mientras bosteza ese airecito
sureño- yo envuelvo sus pies
con mis manos templadas
hasta que ella me abandona
y se va tras su sueño solitario.


ºººº


En Alaska, el universo que han construido
para que puedas resguardarte del frío polar
es tan sereno como el desierto después
del mediodía. Ahora las puertas despintadas
crujen en los vaivenes del viento y están
con las llaves colgadas a la espera como
si alguien -de verdad- quisiera recibirte.
Quizás no varíe la escena pero estás solo
como no lo estuviste nunca, y recordás
el preciso instante -la energía en tu brazo-
cuando arrojaste las llaves de tu casa
y supiste -como si un rayo te atravesara-
que ya no podías volver atrás. Alguna vez
podrás decir que tuviste -al menos- una
certeza: ese día de agosto de dos mil nueve
Alaska se demoró en tu cuerpo y se impuso
como la próxima parada de un largo viaje
después del abandono de tu casa materna.


ºººº

-Postales-

-I-

Nunca imaginé que el paisaje de Alaska
fuera como es, una acumulación lisa
y fría de autopistas, glaciares y picos
árticos de montañas que sin desearlo
congelan los sueños de sus habitantes.
Así, la primavera en que mis ojos y esta
maravilla se cruzaron, no pude decir
nada, y emergió un leve hálito de mi boca
volviendo gélida cada una de las imágenes
que aún se guarecen en mi memoria.


-II-

Aquí, la nitidez del desierto
es una foto continuamente velada,
por eso los ojos demoran algunos meses
en ajustarse a la forma en que casi todo
se inunda de un extenso fulgor glacial.
Nadie sabe, quizá sólo los esquimales
puedan acertar a describir la agonía
diaria, los secretos que se murmuran
de oído a oído con las lenguas casi
entumecidas, al borde de un silencio
parecido a la noche que aquí se obstina:
largas semanas como un cielo raso
que esconden el verdadero sueño
en las duras pupilas de sus habitantes.


ºººº


Es un domingo y mi hijo murmura
si lo acompaño a buscar un mapa,
un mapa de América, dice: leo Alaska
y se me hace agua la boca por irme
y reemplazar este diciembre sofocante
por la benevolencia de un frío polar,
y pienso en los dignos esquimales
que noche a noche sobre las aguas
congeladas del ártico, como una tela
elástica y oscura, se besan
y preparan té para compartirse
en el erotismo de las volutas
de aire secreto, de las palabras
desérticas que hablan su idioma
bajo cero, y cuando rompen el hielo
para pescar y se resquebraja la tierra
que no existe, lloran ante su cielo
pidiendo, como me pide mi hijo
que no lo abandone en su travesía
para recorrer su mundo, mi barrio,
tal vez parecida a la desolación
de esos seres ajenos al tiempo
que por siglos murieron en la nieve,
así tambien mi hijo traza líneas
en el mapa, como buscando hundir
un cuchillo de plástico, un punto
que sea sólo de él y le permita
aferrarse a sus juegos de la infancia
y a mi mano sudada de padre,
cuando abandone a mi hijo
agitando dulcemente los dedos
de mi mano, que se expandirán
como un remordimiento
en su memoria y en la mía
cuando sea un esquimal de raza
y recuerde la acumulación
de esa sustancia blanca, persistente
y sorda, inaudible como se oye
-supongo- en la larga noche del norte
que ya me silba en el oído.


ºººº


¿Y si fuera el último inquilino
que habitara La Tierra y nadie
pudiera oír mis pasos en la noche
ni hacer más leve ese instante,
el del último y definitivo adiós
cuando quizá pueda despedirme
-silbando mi sueño solitario-
de una vez y para siempre?
Desde aquí, desde Rusia
saludaré al resto del mundo
que ya estará desolado como
si jamás hubiera habido
dos personas amándose,
desbordándose en ese volcán
que se abre con el picaporte
en cada habitación de hotel.
Aquí, sin mí, ya nadie -puedo
asegurarlo- recordará nada,
sólo estará el extenso planeta
-ahora reducido a mi esqueleto
mudo como una noche siberiana-
que amanecerá y así continuará
el ciclo en que el viento sólo
empujará lirios en el viento.
Así atravieso el tiempo, son
los restos de todos los sueños
compartidos que se concentran
en un punto sedoso de mis ojos,
en donde mis pupilas retienen
todo lo que guardaré para siempre
cuando -ya falta poco- cierre
mis párpados, y éstos bajen
el telón final de la historia.





Ilustración: Sebastián Cayol.


Postales desde el ártico - Marcelo Díaz


Cuando hace frío la mayoría de las cosas van más deprisa, o llegan antes.
Me refiero a las casualidades. Me encanta que haga frío.
 Una tarde de mucho frío leí una pregunta de amor,
demasiada bonita para la letra de un niño. 

De “Los amantes del círculo polar”.


Pienso en la dirección del discurso poético en su dimensión puramente lírica. La poesía se instala en el territorio personal y  reanima imágenes y percepciones que no sé muy bien  por qué había olvidado. De manera borrosa, empañada, recuerdo que  Roland Barthes retomaba  la figura del “Holandés errante” y con ella trazaba una analogía con la experiencia amorosa, sus etapas, sus tácticas y sus pliegues en el juego infinito de los signos. Es lo que primero que asocio apenas comienzo con la lectura de los poemas de Juan Pablo Bonino. Imagino el mítico barco fantasma recorriendo los mares y golpeando los extremos del mapamundi por cada movimiento realizado.  Imagino, también, un viaje que encalla en aguas congeladas e inhóspitas. El universo marino asoma en los versos con los que abre la serie: Al acariciarla, ella se deslumbra/ de que las olas continúen su sinfonía/ como si su música jamás se agotara,/ y se despabila camino a casa y casi/ no conversamos. Se dibujan relaciones semánticas en las que aparecen términos como olas y playa que configuran un paisaje donde el mar es protagonista.

La referencia al relato del “Holándes errante” no es casual si tenemos en cuenta que en los siguientes versos: imaginé las amarras de un bote soltándose, algo así como/ el punto de partida para lo que fue el mejor sueño del mundo:/ acariciarte una y otra vez en un ciclo que no era de este planeta  la figura de la nave adquiere una forma prácticamente resuelta. Lo que importa en este caso es la metáfora, el cambio de un sentido por otro. Es necesario recorrer el camino de la diferencia para encontrarnos por fuera de un ambiente mundano y repetitivo.
       Ya inmóvil e intacto en las costas del ártico emerge la vivencia del yo-lírico como el silbido de un esquimal: Nunca imaginé que el paisaje de Alaska/fuera como es, una acumulación lisa/ y fría de autopistas, glaciares y picos/árticos de montañas que sin desearlo/congelan los sueños de sus habitantes. Así como antes se configuraba un universo marino ahora se construye un panorama invernal. De hecho la palabra invierno se repite en varias ocasiones como si demarcara una locación, un punto en la cartografía poética, del trayecto del yo-lírico:   Ahora este invierno en mi casa o Los meses/ del invierno se venían hacia nosotros, hacia/ los átomos de tu pelo que se perdían en el viento,/y se bamboleaban en medio de una quietud astral. Pero no todo se relaciona con el hielo o con los diferentes estados del agua. Hay un movimiento de traslación desde un punto hacia otro en el hemisferio que nos ubica en la posición de un explorador en el interior de la placenta del lenguaje.
       Como contrapunto  de Alaska se menciona otra locación: Arizona. Lo que antes era una experiencia que limitaba con los glaciares ahora está en el corazón de los rayos del sol: Ella se queda/enmudecida, cierra sus ojos/y pone sus manos bien abiertas/contra el ventanal empañado/guareciéndose del frío febril/que se expande desde las plantas/de sus pies -ella adoraba estar/descalza en Arizona- y aquí/las medias térmicas ni siquiera/hacen sentirla como en casa. El yo-lírico habita la soledad de los castillos de hielo desde la cual extraña el calor del verano: me pregunto qué es el tiempo:/una y otra vez imaginé esto,/el regreso a aquellos veranos/ya idos y detenerme tal vez/un siglo en la curvatura astral/de tu cintura, que alguna vez/se perderá también en el espacio/ ambarino de la luz de febrero. Hay dos fuerzas en acción: la del yo que enuncia los poemas  — que podríamos llamar  X — y la del otro que se aleja por momentos con la intensidad de un planeta —a quién podríamos llamar Y—. X escribe desde Alaska, Y añora Arizona. Se produce una superposición entre el calor y el frío, y entre dos topografías que dialogan desde lugares diferentes.
         La leyenda del “Holandés” es la historia de un barco cuyo capitán fue condenado a vagar por los mares del mundo durante toda la eternidad. Por momentos creo que el capitán habrá seguido ciertos recorridos de la luz como si se tratara de una bengala improvisada: Julia está/ dormida y yo quisiera decirle algo:/ quizá preguntarle para qué hicimos/ doscientos kilómetros y aún así/ el silencio es como una luz tibia,/ tenue como el ardor de las velas/ que en la noche lenta finalmente/se apagan. El otro es quizá un mapa invisible compuesto de líneas de puntos luminosos que simulan una brújula o una isla que nos convoca a la distancia con señales de humo para confirmarnos en nuestra soledad.
       La experiencia del encuentro con el otro muchas veces es intraducible, la metáfora del barco puede ser identificada con la idea de que erramos en nuestras elecciones y cuesta encontrar un puerto sobre el cual soltar amarras como si fuera la casa definitiva que habitaremos. Con respecto al futuro sólo restan interrogantes: Quién podrá decir todo aquello/ por lo que venimos esperando (…) esos granos/acumulándose, en definitiva/bajo las plantas de los pies/de los viajeros que ya no van/a ninguna parte. ¿Alguna vez/podré decir: ya no quiero ir/ a ninguna parte? Preguntas cuyas respuestas pueden provenir de los seres que por alguna razón se transforman en queridos y de a poco terminan por escribir nuestra biografía justo en el límite donde el discurso, en  su descomposición elemental,  se vuelve una consecuencia del silencio.


Marcelo Díaz, Río Cuarto, 1981.